Hijos de la Ilustración, herederos del Renacimiento, escuchad el legítimo reclamo de sus despreciados. La Edad Media brutal, supersticiosa y miserable y los salvajes, sucios e incultos de los celtas y germanos reivindican su poderío, no en la imposición alevosa del humanismo clásico, sino en la vigente latencia de sus valores y sus instituciones. El rechazo al legado celta es un fenómeno que va de la mano con la negación del aporte medieval.


Términos como el de ’bárbaro’, arte ‘gótico’ y ‘Edad Media’ fueron etiquetas que les fueron aplicadas retrospectivamente por las generaciones posteriores, cuando se creía haber abandonado aquélla mancha salvaje y ese periodo ‘intermedio’ para penetrar en uno nuevo. Estos epítetos fueron acuñados por los eruditos humanistas del Renacimiento, que “no creían que las bases de su cultura tuvieran nada que ver con las de sus predecesores medievales, sino con los instruidos patricios de la Roma clásica. “ (Bartlett, 2002, pág. 9).





No ha de sorprendernos como desde aquélla época resultaría muy normal para muchos saltarse con toda tranquilidad de Aristóteles a Maquiavelo, inspirarse en los griegos como la única fuente de ese pasado dorado e ideal, tachando todo lo ajeno a lo helénico como barbárico y prescindible.


Resulta obvio que no se pueden considerar expresiones inventadas de formas deliberadas, no para describir realmente, sino para expresar y divulgar una aprobación o rechazo arbitrarios. Al calor de una campaña ideológica conscientemente realizada para ensalzar un determinado estilo cultural y desacreditar a otros, se construyen prejuicios que escondidos en los caballos de Troya del humanismo y la racionalidad ilustrada, permanecerán defendiendo una sola perspectiva de la realidad como única verdad absoluta.


De esta manera, de 1500 a 1800 se logró generar una perspectiva generalizada y popular donde los griegos y los romanos antiguos se parecían más a ‘nosotros’, esto es, a los modernos, que a esos especímenes medievales. Así, en el centro de la noción de Edad Media está el concepto del ‘otro’. Un caso extremo de esto, como lo rescata Robert Bartlett, es el del poeta John Milton que comparaba ‘la antigua y elegante humanidad de Grecia con el orgullo y la arrogancia salvajes de los hunos y los nórdicos’ (Bartlett, 2002, pág. 11). No obstante, la realidad es antípoda a la prejuiciosa ignorancia. La filosofía y el pensamiento político medieval “son dignos de atención y de estudio no solamente por razones históricas, ya que forman parte integrante de la historia europea, sino también por su valor intrínseco” (Copleston, 1964, pág. 10).


El intento de alimentar hoy de medievalismo y cultura celta al estudio de los grupos de poder y las organizaciones humanas resulta muy atractivo si se pretende erradicar a esos mitos que, en aras de tornar más ‘práctica’ la enseñanza, cultivan ciegos de más de mil años de enseñanzas históricas. Retomando a Walter Ullmann, la “afirmación de que los siglos medievales tienen en los tiempos modernos una continuación perfecta, adquiere una especial importancia referida al impacto de las ideas políticas medievales sobre la formación de conceptos políticos que tan sólo en el período moderno han conocido su completo desarrollo” (Ullmann, 2004 pág. 13).



El desarrollo del pensamiento y el ejercicio políticos ya no parecen tan alejados de esos supuestos tiempos oscuros. 


 

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Έρβυν Φερνάντεθ Ασέβες

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