El Cristianismo no sólo fue un fenómeno importante durante todo el Bajo Imperio Romano y el Imperio Bizantino, fue elemento nodal para a decadencia del primero y la formación y desarrollo del segundo. Como lo ha llegado a afirmar un autor, la civilización bizantina si bien era romana en sus orígenes, también era oriental por su situación geográfica, cristiana en cuanto a religión y griega por lengua y tradición. Además, la religión funcionó como piedra angular de aquél gobierno y sociedad. De esta manera, el cristianismo, junto con el helenismo funcionó como factor de cohesión e identidad.





Desde que Constantino I en el Bajo Imperio incorpora a todo el aparato de instituciones derivado de la reforma administrativa de Diocleciano a la iglesia cristiana como un cuerpo público, la noción romana de organización estatal no podría ser entendida sin el cristianismo y su jerarquía. Es de esta manera como el cuerpo eclesiástico se incorpora como parte inherente del Estado imperial y, viceversa, la institución de la iglesia de nutre de la organización administrativa romana. No es hasta las reforma del emperador de oriente Teodosio I que el cuerpo estatal de la iglesia cristiana trasciende como religión oficial y única del Estado. Así el cristianismo comienza a mezclar estrechamente a la Iglesia con toda la vida pública y privada del Imperio.


La iglesia cristiana era protegida por los poderes públicos, debiendo al favor imperial una importancia y una grandeza que crecían sin cesar. La estructura eclesiástica se había puesto al servicio del régimen político, convirtiéndose en un medio de acción gubernamental. No obstante esta subordinación política, el cesaropapismo oriental no era tan unilateral como podría parecer. La iglesia ocupada un lugar muy superior en la sociedad y bastante paralelo en algunas ocasiones al monarca constantinopolitano.


En todas las clases de la sociedad bizantina se encontraba la influencia de la Iglesia cristiana. En todos los estratos se podía observar la misma apasionada afición por las disputas teológicas que en conventos y monasterios. Si la literatura se presenta como la expresión más característica del modo de pensar de un pueblo, es un hecho notable que la teología constituye por sí sola la mitad de lo que se ha producido de la literatura bizantina. Y el mismo fenómeno se manifiesta respecto al arte imperial de la época.






La ortodoxia, que caracterizó la tradición cristiana oriental de la de occidente, siempre fue la manifestación más clara de esa noción homogeneizadora de lo que es correcto y lo que es hereje, permitiendo que a pesar de la gran diversidad étnica e idiomática del Imperio el grueso de la población encontrara en la religión un elemento fortísimo de unidad. Inclusive el papel de la ortodoxia se utilizó con fines políticos separatista, como lo fue el caso de la “herejía” monofisista copta, siriaca y armenia, que bajo el pretexto de la disensión teológica se desalinearon de Constantinopla.


Todo lo que fue el Imperio Bizantino por más de mil años en cuanto a política y administración se debió en gran medida a la todo esa influencia eclesiástica. Ya fuera para bien, para consolidar la autoridad política central y la cohesión social, o para mal, como justificación de cismas políticos, estas prácticas imperiales edificaron un modelo estatal. Dicho modelo generó profundas influencias con las culturas que entraron en contacto con la rica herencia romana oriental. Desde el contacto normando en el mediterráneo con las prácticas administrativas bizantinas hasta la profunda influencia que ejerció el Imperio como deber ser por heredar del principado ruso moscovita y de los reinos de Valaquia, Transilvania – en la actualidad el Estado de Rumania- y Moldavia, los Estados europeos construidos durante la Edad Media y consolidados posteriormente no hubieran sido lo que fueron – y lo que son- sin esa influencia que conservó las formas romanas de gobierno gracias a la influencia de la iglesia cristiana cohesionadora y jerarquicamente organizada.




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Έρβυν Φερνάντεθ Ασέβες

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