A pesar que los pueblos celtas poblaron la mayor parte de Europa mucho antes de que Roma fuera República, su mayor influencia y legado posteriores se presentaron en las Islas Británicas y la Galia. La cultura y tradiciones celtas se mantuvieron más presentes en estas regiones en tiempos del dominio imperial romano y la época medieval. Para muestra de esto están las naciones de corte celta que existieron durante la Edad Media: Britania de Armorica, Gales, Escocia e Irlanda. Fue en torno a estos países que surgen las leyendas del Rey Arturo.




Por mucho tiempo se pensó que las versiones del ciclo artúrico difundido entre los celtas del Medioevo eran meras adaptaciones de los orinales franceses de los siglos XII Y XIII. No obstante, investigaciones lingüísticas han demostrado que los textos, desde Chrétien de Troyes hasta Thomas Malory, son muy posteriores a los de origen celta-británo (Markale, 1994: 12). La complejidad literaria y la pluralidad de versiones de la leyenda necesitarían de más de una investigación para ser abordadas. Por ahora, sólo nos concentraremos en el aporte político de la épica.


La contemporánea percepción del Rey Arturo es de corte medieval. Pero detrás de las fervientes hazañas de la leyenda, hay un sistema de valores y una organización muy contrarios al modelo feudal tradicional. El origen celta del mito no pasa desapercibido. Los celtas fueron “hombres de tribus o de clanes, unidos por vínculos legales y sentimentales de parentesco como base moral de la sociedad. No desarrollaron ninguna organización estrictamente territorial, menos aún feudal” (Trevelyan, 1943: 19). La idea de un monarca comprometido con una fraternidad que lo colocaba como un igual ante sus caballeros - un primus inter pares-  refleja esa realidad tribal y comunitaria de los celtas.


La centralización del poder sobre un señor de la guerra fue una realidad que respondía al esquema mítico del más valiente en la organización política de los celtas. Todos eran hijos de la tierra, dominaba y continuaba dominando el que demostrara en su propia naturaleza su carácter supranatural: para la mente celta, las continuas digresiones de la lucha con lo imaginario y lo suprahumano no interrumpían el flujo de la realidad (Markale, 1994: 14). Para ello, antes que nada, todos debían ser iguales entre sí para partir del mismo potencial para ser divinidades. La existencia de un rey subordinado a un código y un estatuto fraterno de una mesa redonda: el ejercicio de poder del Rey Arturo debía ser consensuado por sus hermanos, por los iguales de su élite.







La noción de generar un estamento reducido de gobernantes nos remite a la idea de una élite en el poder. Para Wright Mills, una élite está conformada por individuos que tienen la potestad de tomar decisiones como todas las demás personas; sin embargo, la repercusión de los primeros es muchísimo mayor que de la demás población, ya que ésta no está conformada por gente común y corriente sino que, en términos numéricos, constituye sólo a una minoría (Mills, 1987: 12). Los caballeros de la mesa redonda son esa élite celta y medieval donde la minoría impacta sobre la mayoría.


Otro elemento clave en los ciclos artúricos es la constante presencia de una lucha heroica contra fuerzas rivales, tanto internas como externas. Desde la primera referencia que se tiene de Arturo en la Historia Brittonum de Nennius (Nennius, 2000: 28), donde el magnánimo general Arturo se enfrenta contra los bestiales invasores sajones y los vence en el Monte Badon, hasta las traiciones de los ciclos de Lanzarote –Grial, donde el Rey de los Britanos lucha contra sus más profundas emociones y sus responsabilidades como gobernante. La épica celta porta ‘las grandes luchas internas de los hombres y sus conflictos con su ambiente por medio de batallas reales contra fuerzas hostiles’ (Markale, 1994: 14).


El Rey Arturo no conformaba un grupo de poder por designación divina ni por herencia. La investidura él se la ganó. A pesar de la diversidad de versiones, la mayoría concuerdan con el mito de la Espada en la Piedra. No alcanzaba con el supuesto de haber sido el hijo de un gobernante, tenía que demostrar ante la multitud su capacidad supranatural: tenía que sacar la espada de su matriz terrenal. Siendo ya Rey no bastaba con formar una autocracia, tenía que fortalecerse y legitimarse a través de una selección de los mejores, demostrados por sus méritos y hazañas. El modelo político del Rey Arturo emanaba de una condición de igualdad tribal y unificante, dominada por una aristocracia de los más valientes de entre todos los cofrades. 

 


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Έρβυν Φερνάντεθ Ασέβες

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