Para tener una primera aproximación teórica a lo que es el fenómeno contemporáneo de la globalización siempre he recomendado el libro de Urlich Beck ¿Qué es la Globalización?, obra útil tanto para neófitos como para lectores especializados. La distinción hecha por Beck reconoce los diferentes fenómenos gestados en la segunda modernidad frente a la economía mundial y la individualización. El quehacer político y el papel de la soberanía son reconcebidos en la nueva dinámica global del Estado nacional. Hablar de la popularidad y del uso extenso del término globalización es también hablar de su confusión, no menos extensa. En aras de aclarar la diferenciación de los fenómenos surgidos a finales del siglo XX es que Beck define lo que es la globalización, la globalidad y el globalismo.


El primero de estos fenómenos cuya gestación se remonta a tiempos mucho más remotos que las últimas décadas del siglo XX es el de la globalidad. Partiendo de la premisa de que la tesis de los espacios cerrados es ilusoria, apunta Beck que “hace ya bastante tiempo que vivimos en una sociedad mundial” (Beck, 1998, pág. 28). A pesar de que la intensidad de la permeabilidad de las fronteras entre naciones o grupos siempre ha variado en espacio y tiempo, ésta nunca ha dejado de ser una realidad innegable. La idea de globalidad apela a esa interacción de las distintas formas culturales, económicas y políticas que siempre se han hecho presentes. En otras palabras, la globalidad nos recuerda el hecho de que “nada de cuánto ocurra en nuestro planeta podrá ser un suceso localmente delimitado” (Beck, 1998, pág. 30). Nada nuevo para nuestro siglo ni para el anterior.






Todo aquello que quedaba al margen de la integración de un Estado-nación y de sus designios encuentra su ámbito en la globalidad. La totalidad de las relaciones sociales ajenas a la política ‘doméstica’, planteadas como “sociedad mundial” (Beck, 1998, pág. 28), ilustran esa pluralidad percibida carente de fronteras y de dominio soberano. Recuperando a M. Albrow, Beck comprende esto como una “pluralidad sin unidad” (Beck, 1998, pág. 29). La percepción global de las diferencias locales convergentes en puntos carentes de fronteras políticas es la antesala de las posteriores globalizaciones.


 De esta forma, transitamos del entendimiento de globalidad al surgimiento de la globalización. Para Beck, globalización “significa los procesos en virtud de los cuales los Estados nacionales soberanos se entremezclan e imbrican mediante actores trasnacionales y sus respectivas probabilidades de poder, orientaciones, identidades y entramados varios.” (Beck, 1998, pág. 293). Este conjunto de procesos se monta en la propia dinámica de la globalidad para sumarse a los esfuerzos tornadizos de la segunda modernidad. Esto se explica por el diferenciador esencial que implica la irrevisabilidad de la globalidad resultante. Eso mismo es la globalización.


Esto último se entiende como que el carácter pluridimensional debe ser utilizado para entender las distintas lógicas de las globalizaciones ecológica, cultural, económica, política y social; donde ninguna quede reducida por otra y sean entendidas cada una en sí mismas y en mutua interdependencia. El reconocimiento de esta lectura irrevisable de la globalización será una herramienta indispensable para la defensa de su multiplicidad frente al intento de subordinación ideológica del frente económico de la globalización: el globalismo.





Here are some reasons why I profoundly enjoyed this film: I like movies where you get to know people - people you like, that you remember, that you keep with you. I also like it when the guy in the uniform is NOT the hero, but here it's even better - the guy in the uniform is wrong, but not quite all bad... I like when the Turks don't get all the blame. I like it when the Greeks don't get all the blame. I like spices and stars and complicated smells and honest, complex people and I like dreamers and slowly, carefully told tales about human people.




Hijos de la Ilustración, herederos del Renacimiento, escuchad el legítimo reclamo de sus despreciados. La Edad Media brutal, supersticiosa y miserable y los salvajes, sucios e incultos de los celtas y germanos reivindican su poderío, no en la imposición alevosa del humanismo clásico, sino en la vigente latencia de sus valores y sus instituciones. El rechazo al legado celta es un fenómeno que va de la mano con la negación del aporte medieval.


Términos como el de ’bárbaro’, arte ‘gótico’ y ‘Edad Media’ fueron etiquetas que les fueron aplicadas retrospectivamente por las generaciones posteriores, cuando se creía haber abandonado aquélla mancha salvaje y ese periodo ‘intermedio’ para penetrar en uno nuevo. Estos epítetos fueron acuñados por los eruditos humanistas del Renacimiento, que “no creían que las bases de su cultura tuvieran nada que ver con las de sus predecesores medievales, sino con los instruidos patricios de la Roma clásica. “ (Bartlett, 2002, pág. 9).





No ha de sorprendernos como desde aquélla época resultaría muy normal para muchos saltarse con toda tranquilidad de Aristóteles a Maquiavelo, inspirarse en los griegos como la única fuente de ese pasado dorado e ideal, tachando todo lo ajeno a lo helénico como barbárico y prescindible.


Resulta obvio que no se pueden considerar expresiones inventadas de formas deliberadas, no para describir realmente, sino para expresar y divulgar una aprobación o rechazo arbitrarios. Al calor de una campaña ideológica conscientemente realizada para ensalzar un determinado estilo cultural y desacreditar a otros, se construyen prejuicios que escondidos en los caballos de Troya del humanismo y la racionalidad ilustrada, permanecerán defendiendo una sola perspectiva de la realidad como única verdad absoluta.


De esta manera, de 1500 a 1800 se logró generar una perspectiva generalizada y popular donde los griegos y los romanos antiguos se parecían más a ‘nosotros’, esto es, a los modernos, que a esos especímenes medievales. Así, en el centro de la noción de Edad Media está el concepto del ‘otro’. Un caso extremo de esto, como lo rescata Robert Bartlett, es el del poeta John Milton que comparaba ‘la antigua y elegante humanidad de Grecia con el orgullo y la arrogancia salvajes de los hunos y los nórdicos’ (Bartlett, 2002, pág. 11). No obstante, la realidad es antípoda a la prejuiciosa ignorancia. La filosofía y el pensamiento político medieval “son dignos de atención y de estudio no solamente por razones históricas, ya que forman parte integrante de la historia europea, sino también por su valor intrínseco” (Copleston, 1964, pág. 10).


El intento de alimentar hoy de medievalismo y cultura celta al estudio de los grupos de poder y las organizaciones humanas resulta muy atractivo si se pretende erradicar a esos mitos que, en aras de tornar más ‘práctica’ la enseñanza, cultivan ciegos de más de mil años de enseñanzas históricas. Retomando a Walter Ullmann, la “afirmación de que los siglos medievales tienen en los tiempos modernos una continuación perfecta, adquiere una especial importancia referida al impacto de las ideas políticas medievales sobre la formación de conceptos políticos que tan sólo en el período moderno han conocido su completo desarrollo” (Ullmann, 2004 pág. 13).



El desarrollo del pensamiento y el ejercicio políticos ya no parecen tan alejados de esos supuestos tiempos oscuros. 


 



El Cristianismo no sólo fue un fenómeno importante durante todo el Bajo Imperio Romano y el Imperio Bizantino, fue elemento nodal para a decadencia del primero y la formación y desarrollo del segundo. Como lo ha llegado a afirmar un autor, la civilización bizantina si bien era romana en sus orígenes, también era oriental por su situación geográfica, cristiana en cuanto a religión y griega por lengua y tradición. Además, la religión funcionó como piedra angular de aquél gobierno y sociedad. De esta manera, el cristianismo, junto con el helenismo funcionó como factor de cohesión e identidad.





Desde que Constantino I en el Bajo Imperio incorpora a todo el aparato de instituciones derivado de la reforma administrativa de Diocleciano a la iglesia cristiana como un cuerpo público, la noción romana de organización estatal no podría ser entendida sin el cristianismo y su jerarquía. Es de esta manera como el cuerpo eclesiástico se incorpora como parte inherente del Estado imperial y, viceversa, la institución de la iglesia de nutre de la organización administrativa romana. No es hasta las reforma del emperador de oriente Teodosio I que el cuerpo estatal de la iglesia cristiana trasciende como religión oficial y única del Estado. Así el cristianismo comienza a mezclar estrechamente a la Iglesia con toda la vida pública y privada del Imperio.


La iglesia cristiana era protegida por los poderes públicos, debiendo al favor imperial una importancia y una grandeza que crecían sin cesar. La estructura eclesiástica se había puesto al servicio del régimen político, convirtiéndose en un medio de acción gubernamental. No obstante esta subordinación política, el cesaropapismo oriental no era tan unilateral como podría parecer. La iglesia ocupada un lugar muy superior en la sociedad y bastante paralelo en algunas ocasiones al monarca constantinopolitano.


En todas las clases de la sociedad bizantina se encontraba la influencia de la Iglesia cristiana. En todos los estratos se podía observar la misma apasionada afición por las disputas teológicas que en conventos y monasterios. Si la literatura se presenta como la expresión más característica del modo de pensar de un pueblo, es un hecho notable que la teología constituye por sí sola la mitad de lo que se ha producido de la literatura bizantina. Y el mismo fenómeno se manifiesta respecto al arte imperial de la época.






La ortodoxia, que caracterizó la tradición cristiana oriental de la de occidente, siempre fue la manifestación más clara de esa noción homogeneizadora de lo que es correcto y lo que es hereje, permitiendo que a pesar de la gran diversidad étnica e idiomática del Imperio el grueso de la población encontrara en la religión un elemento fortísimo de unidad. Inclusive el papel de la ortodoxia se utilizó con fines políticos separatista, como lo fue el caso de la “herejía” monofisista copta, siriaca y armenia, que bajo el pretexto de la disensión teológica se desalinearon de Constantinopla.


Todo lo que fue el Imperio Bizantino por más de mil años en cuanto a política y administración se debió en gran medida a la todo esa influencia eclesiástica. Ya fuera para bien, para consolidar la autoridad política central y la cohesión social, o para mal, como justificación de cismas políticos, estas prácticas imperiales edificaron un modelo estatal. Dicho modelo generó profundas influencias con las culturas que entraron en contacto con la rica herencia romana oriental. Desde el contacto normando en el mediterráneo con las prácticas administrativas bizantinas hasta la profunda influencia que ejerció el Imperio como deber ser por heredar del principado ruso moscovita y de los reinos de Valaquia, Transilvania – en la actualidad el Estado de Rumania- y Moldavia, los Estados europeos construidos durante la Edad Media y consolidados posteriormente no hubieran sido lo que fueron – y lo que son- sin esa influencia que conservó las formas romanas de gobierno gracias a la influencia de la iglesia cristiana cohesionadora y jerarquicamente organizada.




Έρβυν Φερνάντεθ Ασέβες

Έρβυν Φερνάντεθ Ασέβες